Tardamente descubrí que en un lugar recóndito había alguien que silenciosamente golpeaba una puerta; me llamaba día tras día sin anoticiarme yo de dicho golpeteo. Claro que yo me hallaba sumergida en un lugar donde no se hallaba en el campo perceptivo la presencia de esa puerta. Mis sentidos no escuchaban ese golpeteo insistente.
Un buen día, me escondí de todo aquello que era mi yo; y así comencé a caer en un lugar no conocido de mi. Allí, pude escuchar que algo sonaba fuertemente. No reconocía qué era ese sonido que me atemorizaba. Lentamente el temor comenzó a irse y me animé a buscar el lugar de donde provenía aquel sonido intrigante.
En el camino espiralado me encontré con espejos que mostraban todo lo que había sido en estos últimos años; todo lo que había perdido por perseguir algo que no era lo que me llevaría hacia cierta tranquilidad.
Tanto “mi”, tanto “yo”, tanto “ser” habían colapsado toda posibilidad de Deseo, de Sujeto.
Luego de atravesar y soportar el encuentro con lo que mostraba el reflejo de lo que es perderse a sí mismo, hallé una puerta. Al comienzo la misma, era de un tamaño particular. Se caracterizaba por ser pequeña, de cartón, en fin no aparentaba presentar dificultad alguna para ser abierta. Los golpeteos eran cada vez más continuos.
Puesta la inquietud en escena proseguí a abrirla. Para mi sorpresa, la apariencia me había engañado. La puertita no se abrió. Varios intentos fallidos, desplazaron mi interés al agotamiento. Los golpeteos no se oían.
Me senté apoyando mi espalda contra la puerta, provocando la apertura de la misma. Y allí miré en busca de hallar al causante de los golpeteos. Y fui presa del rose suave de algo que aún desconozco qué es, pero sabe cómo producirme placer.
Un buen día, me escondí de todo aquello que era mi yo; y así comencé a caer en un lugar no conocido de mi. Allí, pude escuchar que algo sonaba fuertemente. No reconocía qué era ese sonido que me atemorizaba. Lentamente el temor comenzó a irse y me animé a buscar el lugar de donde provenía aquel sonido intrigante.
En el camino espiralado me encontré con espejos que mostraban todo lo que había sido en estos últimos años; todo lo que había perdido por perseguir algo que no era lo que me llevaría hacia cierta tranquilidad.
Tanto “mi”, tanto “yo”, tanto “ser” habían colapsado toda posibilidad de Deseo, de Sujeto.
Luego de atravesar y soportar el encuentro con lo que mostraba el reflejo de lo que es perderse a sí mismo, hallé una puerta. Al comienzo la misma, era de un tamaño particular. Se caracterizaba por ser pequeña, de cartón, en fin no aparentaba presentar dificultad alguna para ser abierta. Los golpeteos eran cada vez más continuos.
Puesta la inquietud en escena proseguí a abrirla. Para mi sorpresa, la apariencia me había engañado. La puertita no se abrió. Varios intentos fallidos, desplazaron mi interés al agotamiento. Los golpeteos no se oían.
Me senté apoyando mi espalda contra la puerta, provocando la apertura de la misma. Y allí miré en busca de hallar al causante de los golpeteos. Y fui presa del rose suave de algo que aún desconozco qué es, pero sabe cómo producirme placer.

